
En Corella-Navarra (la placeta García en la foto, 1925), no hacía falta un motivo especial para tener un mote, se lo asignaban enseguida y muchas veces se heredaba de padres a hijos. En el caso de Juan Marcilla “Cebalobos” (1870-1942) pensamos pudiera ser debido al poco esmero que ponía en cuidar a sus ovejas
Durante su juventud Juan Marcilla hacía pequeños transportes de carros y carretas por la Ribera de Navarra y en ese ir y venir por los campos fue poco a poco instruyéndose en el conocimiento de las plantas medicinales hasta acabar convirtiéndose en un experto herbolario e introduciéndole en el mundo del curanderismo, a decir de los pacientes con buena mano.
Tenía fama de adivino y esa cualidad le proporcionaba un plus de misterio a la hora de ejercer el oficio. Unas veces la fama era merecida, con numerosos casos que lo atestiguaban: una señora de un pueblo cercano que tenía los dos hijos enfermos graves acudió a su consulta; la madre llevó mechones del pelo de ambos para que Cebalobos le dijera algo y le pusiera remedio; este separó uno de los cabellos y dijo que con ese hijo no había nada que hacer, que moriría esa misma noche como así fue.
En otras ocasiones su faceta de adivino estaba basada en trucos; disponía de espías que se introducían en los autobuses de línea (donde venían los enfermos)y en la sala de consulta de Cebalobos en la placeta García de Corella; estos se enteraban de los males de los futuros clientes y se lo contaban al curandero, que hacía de adivino.
Pero si ha pasado a la posteridad ha sido por sus ocurrencias. Cuando se inventaron los rayos X, para no ser menos, ideó una caja de madera con una trampilla; hacía pasar a los enfermos por delante de la caja; en el interior de la caja introducía una vela encendida mientras pasaba el enfermo, al tiempo que le decía:- Ya le he echado el rayo-.
Sus tratamientos habituales eran con hierbas, pero en ocasiones empleaba remedios que se le ocurrían: A los pacientes con infertilidad les preparaba emplastos (parches) de testículo de zorro para los varones, y de matriz de liebre para las señoras. También aplicaba técnicas escatológicas: trataba granos y eczemas de piel con baños de arena y estiércol, y ponía “moñigas” de vaca caliente en las zonas dolorosas para lumbagos y cólicos
Su vocabulario también era especial despertando el interés de escritores como J.M. Iribarren en su “Batiburrillo Navarro”. A los enfermos con la barriga distendida por gases, les decía que tenían “enrone del mondongo” y a los de asma con dificultades para meter aire en los pulmones, explicaba que tenían “bozados los chupleticos de los libianos”.
La guerra civil española del 36 le cogió viejo, enfermo y en el lado proletario y su estela y su vida se fueron apagando
Continuó con el oficio su hijo Manuel Marcilla Cordero (1900-1985), también apodado Cebalobos, menos imaginativo y más culto que el padre; sabía francés por haber residido en Francia durante la guerra civil. Manuel compaginaba el curanderismo con la albañilería y tenía un taller para fabricar las cruces de granito del cementerio.
Algunas de las anécdotas del padre también pudieran ser del hijo.